BOLETÍN 55. DIGITALIZANDO LA AGRICULTURA, UNA NUEVA FRONTERA DEL PODER CORPORATIVO

Naturaleza con Derechos

Los humanos siempre hemos aspirado a que algún procedimiento mecánico nos haga menos dependientes de la voluntad de los otros.

La racionalidad algorítmica parece prometerlo, pero ¿es realmente así?

¿Quién decide cuando aparentemente nadie decide?

Daniel Innerarity

La digitalización aplicada a la agricultura y ganadería, su transformación, distribución comercialización y consumo final, ha sido presentada como una solución a la crisis climática, la degeneración de los suelos, la conservación de la biodiversidad; y a la sustentabilidad en general. También se le asocia con solucionar el problema de la inseguridad alimentaria frente a una población cada vez más creciente.

La agricultura digital se complementa con otras propuestas como la agricultura regenerativa, el carbono agrícola y ganadero y la economía verde.

McMichael1 en su análisis del Tercer Régimen alimentario señala la importancia que cobra el llamado “bio capitalismo”, la tecnologización de la naturaleza y la digitalización. Otros autores puntualizan la gran concentración corporativa que se da en la agricultura de precisión, y de la agricultura climáticamente inteligente2. Por su parte, la industria de alimentos ha denominado a estas nuevas evoluciones en la producción de alimentos, como Agricultura 4.0.

Indudablemente estamos frente a fuertes cambios que se están dando sobre todo en agricultura del norte global y en las élites de los países del tercer mundo, sobre todo en las cadenas de commodities que circulan en el mercado mundial.

¿Cómo cambia la forma de producción, distribución y consumo de alimentos con la introducción de estos nuevos cambios en lo agrario? ¿Cómo se configuran las nuevas relaciones de poder? ¿Cómo afecta esto a la agricultura indígena y campesina?

Control y desplazamiento de conocimiento campesino

La agricultura digital se enmarca en lo que se ha dado por llamar “agricultura inteligente”, “irrigación inteligente” o “pesca inteligente…” es decir, el conjunto de decisiones que debe tomar un agricultor, un ganadero o cualquier actor de la cadena agroalimentaria, “basada en datos”.

Para Innerarity3 “el método democrático de tomar decisiones es más inteligente que cualquier otro, e insustituible en un contexto de incertidumbre”. Y ahora, más que nunca, vivimos en contextos de incertidumbres.

El añade que no se la puede calificar [a la digitalización] propiamente de inteligencia, ya que «no es capaz de hacer lo que hace el cerebro humano». No tiene sentido común y reflexividad, rasgos específicos de nuestro cerebro, por lo que aunque es capaz de hacer recomendaciones agrícolas sobre los nutrientes que necesita una planta o predice el advenimiento de plagas, o imitar algunos patrones de la conducta humana, no los entiende. Su matemática precisión le priva del encanto paradójico de la imprevisibilidad que posee la inteligencia humana, sujeta a la sorpresa, al fallo, a lo ambiguo4.

Entonces, cuando un agricultor toma decisiones basadas en las recomendaciones hechas por las herramientas digitales ¿quién verdaderamente está tomando decisiones por nosotros? ¿a quién estamos verdaderamente beneficiando?

Capitalismo de plataforma

De acuerdo al economista canadiense Nick Srnicek, la materia prima en torno a la que orbita el capitalismo del siglo XXI son los datos que son generados por los usuarios, y en su aparato de extracción más eficiente son las plataformas. El sostiene que el capitalismo se volcó hacia los datos para recobrar vitalidad tras las prolongadas crisis de sobrecapacidad que acechan la producción fordista de bienes y su régimen de empleo desde la década de 19705.

Srnicek dice que los datos, como el petróleo debe ser refinado. Si pensamos en la agricultura digital, entre más productores utilizan las herramientas digitales, mayor será la extracción que hacen las grandes empresas tecnológicas de datos agropecuarios y acuícolas, y mejor será su capacidad de predicción. De esa manera, las empresas digitales, tendrán cada vez más datos que vender y más servicios que ofrecer, a quienes son sus proveedores (los agricultores), y se crea un círculo vicioso.

Los datos, que en sus inicios eran aspectos secundarios en los negocios, se fueron haciendo cada vez más abundantes e indispensables. Con base a ellos se crearon nuevos servicios, nuevos productos, se crearon nuevas necesidades, en todos los ámbitos de la vida. La agricultura no fue una excepción.

Por otro lado, están las plataformas, que son infraestructuras digitales que permiten que dos o más grupos interactúen. Las plataformas permiten a sus desarrolladores construir y vender aplicaciones. Por ejemplo, la aplicación de Uber permite los conductores y a los pasajeros intercambiar viajes por dinero. En vez de tener que construir un mercado desde cero, una plataforma proporciona la infraestructura básica para mediar entre diferentes grupos. Como plataforma de taxis se vale de los datos del tráfico, de las actividades de los conductores, de los pasajeros…

Otra característica de las plataformas digitales es que producen y dependen de efectos de red: mientras más numerosos sean los usuarios que hacen el uso de una plataforma más valiosa se vuelve esa plataforma.

Los datos han llegado a servir a varias funciones claves: educan y dan ventaja competitiva a los algoritmos, habilitan la coordinación y deslocalización de los trabajadores, permiten la optimización y flexibilidad de los procesos productivos, hace posible la transformación de productos bajo margen, en servicios de alto margen. El análisis de datos en sí mismo generador de datos en un círculo vicioso6.

Problemáticas adicionales a la digitalización son el control y vigilancia que se tiene con la introducción de herramientas digitales en el agro (y en la vida en general; y la pérdida de soberanía.

Shoshana Zuboff define el término «capitalismo de la vigilancia», para caracterizar “toda una arquitectura global de modificación de la conducta amenaza con transfigurar la naturaleza humana misma en el siglo XXI, de igual modo a como el capitalismo industrial desfiguró el mundo natural en el siglo XX”7.

En el caso de la agricultura, se trata de la naturaleza del campesinado, y su capacidad de tomar decisiones sobre su cosecha, pues es reemplazadas por máquinas “inteligentes”, capases de predecir lo que la persona rural no puede.

Zuboff habla de la “computación ubicua”, que está en todas partes y que creará al mundo real en un aparato de computación silenciosa y voraz, universalmente conectado en red, y que crea nuevos mercados de conductas futuras y productos predictivos. El desafío es que esos productos sean fiables, los que han seguido un proceso de ensayo y error. La autora señala que la primera oleada de productos predictivos se aplicó a la publicidad digital dirigida.

Luego se evolucionó a los «medios de modificación conductual» propios del siglo XXI. El objetivo no es imponer normas de comportamiento, de observancia u obediencia, sino producir una conducta que, de un modo fiable, definitivo y libre de error, conduzca a los resultados comerciales deseados.

La necesidad de tener resultados garantizados por el imperativo predictivo, insta a los capitalistas de la vigilancia a crear nuestro futuro, para poder predecirlo. Para ello, es imperativo un régimen de computación ubicua. Este aparato progresivamente creciente, “inteligente” y potente se está instalando gradualmente en todos los ámbitos8, incluyendo en la agricultura en un sentido amplio.

Está también la dimensión geopolítica, pues la digitalización ha impuesto una transformación significativa en la lucha por el poder global.

Con la transición a la era digital, el control de datos, las infraestructuras digitales, el ciberespacio y el espacio exterior constituyen nuevos elementos interconectados que definen la capacidad de una nación o entidad para influir en la configuración del poder global. El dominio digital proyecta el dominio tecnológico mediante la recopilación y gestión de información estratégica e incluso el liderazgo en conflictos bajo nuevas formas, como la guerra cibernética y la guerra de la información9.

La digitalización ha hecho que, debido a la infraestructura de datos, computación en la nube, cables submarinos, plataformas digitales, algoritmos e inteligencia artificial, que en el Siglo XIX se centraba en el control del mar y en el XX en territorios para el extractivismo. Hoy, la digitalización ha hecho que se interconecten el tierra y mar, cambiando en algunos aspectos la geopolítica clásica. La centralización de datos de todo tipo, que antes estaban centrados en los estados, ahora se centran en las grandes empresas tecnológicas que dominan la infraestructura material (nubes, cables, plataformas) y operan prácticamente sin ninguna regulación. Esto cambia las relaciones de poder a nivel geopolítico, pues a mayoría de estados nacionales carecen la las capacidades digitales que si poseen estas empresas.

Estas poseen además un gran poder económico. Una sola empresa, NVIDIA, valía más que las economías de cualquier país, con la excepción de Estados Unidos, China y Alemania10.

El poder informático del primer cuarto del siglo XXI parece ya no depender sólo de fronteras físicas, pues las grandes empresas tecnológicas a través de los flujos de información, redes, bases de datos personales e infraestructura invisible, nuevas dependencias tecnológicas estructurales en el mundo11; aunque no hay que olvidar que todo esto tiene una fuerte base material con asidero territorial: el agua, la energía, las tierras raras y otros minerales, que permiten que este sistema funcione. De esa manera, los datos emergen como el nuevo espacio estratégico, capaz de superar la soberanía estatal y crear formas de poder sin precedentes.

Agricultura basada en algoritmos

Las grandes tecnológicas, como Amazon, Microsoft, Google y Alibaba, están uniendo fuerzas con gigantes de la agroindustria para transformar la agricultura mediante la aplicación de herramientas digitales con la IA, agricultura de precisión, internet de las cosas, plataformas digitales, y otras.

Se las vende con los mismos argumentos que en la década de 1990 se promocionaron a las semillas transgénicas: producir más eficientemente para poder alimentar a la población creciente, enfrenta el el cambio climático, empoderar a los agricultores.

Pero, de acuerdo a un nuevo informe de IPES FOOD12, con la rápida expansión digital en la agricultura hay un alto riesgo de que aumente la deuda de los agricultores y que se acelere la pérdida de unidades productivas agrícolas, profundizando el daño ecológico y la concentración y el control corporativo sobre la producción de alimentos.

El informe advierte que, si bien estas herramientas digitales, lideradas por las corporaciones, dominan la financiación y el apoyo político, las innovaciones de abajo a arriba, impulsadas por los agricultores, que ofrecen un mayor potencial de autonomía y sostenibilidad, siguen siendo ignoradas y con financiación insuficiente.

Los autores se preguntan si realmente la IA y las herramientas digitales fomentan la resiliencia climática; y la respuesta es no, porque la agricultura industrial se está reconstruyendo en torno a herramientas de “precisión” basadas en datos, desarrolladas mediante alianzas entre las grandes tecnológicas y las grandes empresas agrícolas. Su objetivo no es climático, pues consumen vastos recursos energéticos, minerales e hídricos, se aplica a la agricultura de monocultivos, con uso intensivo de insumos y aumentan la vulnerabilidad a las crisis climáticas.

Por otra parte, señalan que los agricultores se enfrentan a una creciente dependencia, pues estos modelos intensivos en capital suelen requerir una inversión inicial significativa, lo que aumenta el riesgo financiero para los agricultores y margina a los pequeños productores.

Las grandes empresas tecnológicas están mediadas por algoritmos y sistemas basados en la nube para orientar a los agricultores en sus decisiones sobre sus cultivos y los insumos que deben aplicar.

Devaluación de conocimientos campesinos

La digitalización agrícola funciona en escenarios estandarizados y cuantificables, para que los datos agrícolas funcionen. Se dice que los datos tomados por los sensores y otras herramientas digitales facilitan la toma de decisiones y la eficiencia en las fincas, o a predecir aspectos climáticos y otros.

Desde esta perspectiva, parece que hay una suposición implícita de que los agricultores desconocen cómo funcionan sus fincas, o no saben tomar bien sus decisiones, lo que nos lleva a preguntar qué tipos de conocimiento son válidos para tomar buenas decisiones.

De acuerdo a un estudio de investigadoras de la Universidad Abierta de Cataluña, 13 para los pequeños agricultores españoles, hay limitaciones de las herramientas digitales al momento de captar todo el conocimiento agrícola, pues ellos valoran los aspectos sensoriales y tácitos como cruciales para la agricultura. La vista, el tacto, el olfato, el gusto y el oído, permite a los agricultores percibir cambios sutiles en su entorno para tomar decisiones.

A pesar del enfoque basado en datos, los agricultores confían en su intuición y experiencia para evaluar cualquier dato y recomendación. Expresan su escepticismo sobre la precisión y la utilidad de las herramientas digitales, enfatizando la necesidad del juicio humano y el valor irremplazable de su sabiduría tácita en la gestión de sus campos.

Sin embargo, el conocimiento experiencial a menudo desafía la articulación explícita. Reside en la intuición de los agricultores, perfeccionada durante generaciones para reconocer cambios sutiles en la salud de las plantas, la humedad del suelo y el comportamiento de las plagas.

Por ejemplo, un agricultor de Andalucía productor de compost para sus huertos orgánicos, considera que el olfato es crucial para saber el momento adecuado para fertilizar. Otros consideran que las aplicaciones son demasiado rígidas y no se adaptan a sus necesidades específicas.

Las autoras encontraron además que los roles cambiantes y las nuevas prácticas cotidianas favorecen estructuras agrarias a grandes empresas, que son las más propensas a adoptar herramientas digitales. Estas empresas tienen una estructura laboral diferente a las que tienen las fincas familiares, a menudo gestionadas por técnicos agrícolas en nómina y con agricultores bajo diferentes modalidades de agricultura por contrato.

Los agricultores como proveedores de información

Para que la agricultura digital funcione, son los propios productores quienes deben proveer información a las empresas que controlan las plataformas digitales. Aunque el agricultor es deño de la información que entrega a través de las múltiples herramientas que existen, lo que en realidad tiene valor es el conjunto de datos que se almacenan a partir de todos los productores que participan en estos programas.

Como dice Lohman, cada vez que entra un nuevo dato a estas plataformas, las corporaciones están explotando el trabajo no remunerado e informal de sus clientes, apropiándose gratis de su información14.

Es así como las empresas promueven a los productores agrícolas que monitoreen sus propios campos, y que generen información que, si bien les será útiles a ellos, constituye la materia prima con la que se alimentan las plataformas digitales, como lo señala Bayer Global en su plataforma sobre sistemas de agricultura digital:

Las aplicaciones digitales… están permitiendo a los agricultores recopilar y analizar miles de millones de datos de sus campos para ayudarlos a tomar decisiones mejores y más informadas que también pueden mejorar las cosechas. Esta plataforma digital proporciona una imagen completa de lo que sucede en el campo con precisión para que los agricultores puedan hacer el mejor uso de sus recursos.

Si, los agricultores recopilan datos, pero no son ellos los que los analiza. Son los que los controlan los que en última instancia, lucran de ellos. Los datos están impregnados de los intereses de quienes los controlan; de toda la diversidad de empresas que participan en la agricultura digital.

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