Reseña hecha por Lucía Salazar a partir de la presentación hecha por Matías Blaustein.
Muchas de las luchas territoriales por defender la calidad de vida de las comunidades locales y su medio ambiente, está atravesado la exposición a múltiples factores de estrés, tanto físico como emocional. En ese escenario, el cáncer es expresión del modelo extractivista. Más allá de si se habla de petroleras, minería o transgénicos, “en común lo que aparece ahí es la problemática de la cantidad de casos de cáncer que genera toda esta industria extractivista”. Reconocer este patrón nos pide detenernos a escuchar lo que la naturaleza puede decirnos sobre lo que está sucediendo. Desde la biología, esa atención puede darnos luces para comprender desde dónde fracturar esta lógica y fortalecer las luchas.
En los procesos territoriales de resistencia, más allá de diagnosticar el daño, es importante tener la capacidad de sostener horizontes de transformación, a través de la construcción de sentidos, lo que se llama“pedagogía de la esperanza”, entendida como la urgencia colectiva de afirmar que los cambios son posibles y de poder visualizarlos.
Competir o compartir en la evolución: Un dilema biológico y filosófico
Con este encuadre, es importante retomar los debates clásicos de la teoría evolutiva para mostrar cómo la cooperación ha sido históricamente negada o minimizada por lecturas dominantes. Revisando críticamente la interpretación extendida sobre la selección natural como la fuerza que desencadena los procesos evolutivos que cominó el debate sobre el tema desde fines del siglo XIX, se consolidó la idea de que la competencia y el dominio serían la ley de la vida.
El médico y naturalista Thomas Huxley describía en 1893 la selección natural como una lucha por la existencia que tiende a eliminar a los menos aptos, una lectura que se tradujo en la fórmula de que “los más fuertes tienden a pisotear a los más débiles”. Esa interpretación no se quedó en el campo biológico sino que derivó en el darwinismo social, legitimando la idea de que en la vida humana lo más importante es la competencia y que el poder económico se explica como una supuesta victoria natural.
Frente a esa narrativa, surgen las ideas del geógrafo y naturalista ruso Pedro Kropotkin, anarquista, que en sus investigaciones encontró que en condiciones extremas muchas especies sobreviven, no a través de la competencia individual sino ayudándose entre sí. De ese trabajo surgió el libro “El apoyo mutuo”, que muestra que la cooperación no es una excepción ni una rareza sino una regularidad subestimada. En los ejemplos que recoge Kropotkin, tanto de animales como de sociedades humanas, se revela que la cooperación y la ayuda, la mayoría de veces es la norma.
Estas investigaciones se refuerzan con los aporte de Lynn Margulis, quien cuestionó la centralidad cultural de la competencia y sostuvo que muchos organismos aparentemente débiles han sobrevivido gracias a formar parte de colectivos. En contraste, aquellos que “no han aprendido nunca el truco de la cooperación, terminan en el montón de desechos de la extinción evolutiva”.
El cuerpo como sociedad colaborativa y el cáncer como quiebre
Transladando estas ideas al nivel del cuerpo, tenemos que, incluso desde manuales de biología celular —escritos desde la ciencia institucional y sin militancia explícita— se reconoce que un organismo saludable funciona como una sociedad, donde la regla es la cooperación, no la eliminación del más débil. En esa línea, el cáncer fue planteado como una ruptura de la cooperación multicelular.
Athena Aktipis, investigadora de la teoría de la cooperación, muestra que cada vez que la multicelularidad emerge en la evolución, lo hace sostenida por fundamentos cooperativos, y que el cáncer puede leerse como una traición a ese pacto interno de la vida.
Este enfoque cuestiona la mirada reduccionista de la ciencia convencional para investigar el cáncer, concentrada en genes, moléculas y mutaciones, mientras deja por fuera las claves ambientales y sociales que producen el daño. Aunque esta lógica ha permitido avances médicos relevantes, no ha logra que los casos de cáncer disminuyan; al contrario, en las últimas décadas han aumentado y además aparecen cada vez a edades más tempranas, mientras el acceso a tratamientos sigue siendo profundamente desigual.
En la forma como se produce conocimiento sobre el cáncer, la agenda dominante tiende a desplazar las causas sociales y ambientales de la enfermedad, mientras margina las patologías asociadas a la pobreza y reduce al mínimo las discusiones sobre prevención. En ese marco, advirtió que la investigación está atravesada por conflictos de interés de grandes corporaciones, tanto de la industria farmacéutica como del sector agroindustrial, que terminan orientando el foco hacia fármacos y tratamientos, antes que hacia evitar el daño, e incluso financian evidencias a la medida de la rentabilidad, para negar vínculos, por ejemplo, entre los agrotóxicos y el cáncer.
El problema no se limita a lo que se investiga, sino también a lo que se vuelve decible. El cáncer fue conectado con una forma más amplia de organización social marcada por un capitalismo patriarcal, colonial y racista, que no solo expone a poblaciones enteras a contaminantes diversos, sino que reproduce condiciones de vida que desgastan y enferman. El pluriempleo, las jornadas extensas, la falta de descanso y de tiempo para el ocio, junto con el estrés sostenido y la inmunodepresión, son parte de un paisaje cotidiano que vuelve a la enfermedad un fenómeno social.
Tenemos el caso de Argentina, donde el cáncer aparece directamente ligado a la exposición y la desigualdad. Jorge Pazzi, trabajador del subte, murió tras años de exposición al asbesto, una sustancia cancerígena prohibida, en lo que suele llamarse “accidente laboral”, pero que en realidad encubre “asesinatos laborales”. Florencia Morales denunció contaminación por agrotóxicos en sangre en Pergamino, Antonella, siendo solo una niña, murió en Corrientes tras exposición a insecticidas. Estos daños no son errores aislados, sino parte de una racionalidad productiva que trata los cuerpos como una variable más dentro de la ecuación de ganancia.
Desde una perspectiva crítica planteada por Levins y Lewontin, “la ciencia es el desarrollo genérico del conocimiento humano, pero a la vez es el producto cada vez más mercantilizado de la industria del conocimiento capitalista”, una ciencia que sirve al capitalismo y termina promoviendo estos desastres. Por ello hay una necesidad de tejer relaciones entre el cáncer como fenómeno biológico y el capitalismo como sistema socioeconómico, para mirar y develar las resonancias que comparten.
De esa manera, el cáncer puede pensarse como una suerte de capitalismo celular, y el capitalismo como una forma de cáncer socioambiental. Dos dinámicas que se alimentan entre sí. Esta comparación busca abrir una lectura política sobre los patrones que sostienen ambos procesos. Hay una ruptura del equilibrio, una expansión sin control, una autonomía desregulada; una acumulación, apropiación y explotación del trabajo ajeno, además de una producción excesiva que desborda toda escala.
En ese cuadro, lo que enferma no es solo una molécula, sino un modo de organizar la vida que vuelve normal lo que debería ser intolerable.
Estudio comparado sobre cáncer en mamíferos
En este punto, la pregunta vuelve a la naturaleza para entender por qué existe el cáncer, algo que en biología se entiende generalmente como un subproducto de limitaciones o compromisos de diseño de los organismos, un efecto colateral que la evolución no pudo sacarse de encima y que aparece en un montón de especies animales a lo largo de la evolución. Sin embargo, varios animales en la naturaleza han encontrado la manera de resistir este fenómeno, como algunos invertebrados, y también mamíferos.
Las ballenas presentan tasas bajísimas de cáncer, los elefantes poseen mecanismos genéticos de supresión tumoral, así como las ratas, los topo, las ardillas y los murciélagos. Con ello se comprueba que el cáncer no es una necesidad ontológica de la vida.
En contraste, también existen especies especialmente vulnerables, como el demonio de Tasmania, afectado por un tumor facial transmisible que amenaza su supervivencia. Esa variación abrió la incómoda hipótesis de que en ciertos contextos, el cáncer podría no ser únicamente negativo e incluso tener efectos adaptativos.
Para explorar esa posibilidad se introdujo el llamado “efecto hidra”, un fenómeno ecológico en el que el aumento de mortalidad puede, paradójicamente, impulsar el crecimiento poblacional. Desde ahí se explicó la investigación desde la oncología comparada, cruzando bases de datos de mamíferos y múltiples variables para entender por qué algunas especies desarrollan más cáncer que otras.
El hallazgo central fue que las variables individuales, como el tamaño corporal o el metabolismo, no alcanzaban a explicar las diferencias. El patrón aparecía con fuerza recién cuando se miraban variables ligadas al estilo de vida y al vínculo social. Allí se reveló que especies con dinámicas más competitivas tendían a presentar más cáncer, mientras que aquellas con vida más cooperativa, que viven y crían en grupo, tendían a presentar menos.
La cooperación dejaba de ser solo un ideal político o un horizonte ético, sino que es una condición biológica y ecológica que también modela la salud y la supervivencia de las especies.
El cáncer tiende a afectar más a individuos viejos, y en sociedades cooperativas esos individuos suelen cumplir un rol clave para la supervivencia del grupo, ayudando a conseguir alimento o a sostener la crianza. En ese caso, la muerte por cáncer afecta al colectivo y se favorecen mecanismos de resistencia.
En cambio, en sistemas altamente competitivos, donde el individuo dominante acumula recursos y restringe la reproducción, la muerte del “más viejo” puede liberar recursos para otros individuos, reduciendo el costo colectivo del cáncer. Así, el modo en que se organiza la vida —competencia o cooperación— no solo estructura lo social, sino que puede incidir en la propia dinámica del cáncer.
Ese hallazgo vuelve entonces al punto de partida mostrando que si el cáncer aumenta en sociedades más competitivas y disminuye en aquellas más cooperativas, las luchas contra el extractivismo y el agronegocio contaminante, no solo enfrentan un modelo económico injusto, sino que están defendiendo, en términos materiales, condiciones de vida que sostienen la salud colectiva.
La agroecología, la defensa del territorio, las ferias comunitarias, la organización popular, no son solo resistencias éticas o políticas sino formas concretas de construir entornos cooperativos que protegen la vida.
La naturaleza devuelve así un mensaje político donde la cooperación aparece no solo como horizonte deseable sino como condición biológica para la supervivencia, mientras el capitalismo con su lógica competitiva, extractivista y acumulativa no solo explota y enferma sino que rompe las bases mismas que hacen posible la vida en común.