CONSTRUCCIÓN DEL TEJIDO COMUNITARIO Y RESTAURACIÓN EN ZONAS AFECTADAS POR EL PETRÓLEO: La experiencia de la Clínica Ambiental de la Amazonía

María Pantoja y Mariano Calva  – Clínica Ambiental

El nombre de Clínica Ambiental puede evocar una institución médica formal, sin embargo, se trata de una casita de madera en medio de la montaña, un espacio pequeño y sencillo, rodeado de vida, descrito como una pequeña isla. Un modo de cuidado que se sostiene en lo cotidiano y en la cercanía con el entorno, donde el acompañamiento ocurre a escala humana y con los recursos disponibles, en diálogo directo con el territorio.

La Amazonía es una zona de sacrificio, que “ha tenido que dar todo para que otros lugares tengan energía”, y esa historia de despojo también se inscribe en los cuerpos y en los territorios.

Trabaja en reparación de comunidades afectadas por las actividades petroleras en la Amazonía. La reparación incluye tanto el tejido social, el apoyo a personas enfermas debido a la contaminación petrolera; de los ecosistemas, así como de los sistemas productivos agrícolas.

Para la restauración de los territorios, se aplica permacultura, un sistema que imita a los ecosistemas naturales, para crear entornos agrícolas y humanos sostenibles, regenerativos y autosuficientes, basándose en éticas de cuidado de la Tierra y las personas, y de distribución justa de recursos. Busca la permanencia de la cultura y la agricultura mediante el diseño inteligente, integrando principios ecológicos, conocimientos ancestrales y nuevas tecnologías para optimizar recursos, reducir residuos y trabajar en armonía con la naturaleza.

La chakra es su escuela, un espacio donde se aprende haciendo y observando, y desde esta práctica se propone una mirada holística sobre la forma de vida que llevamos y sobre cómo nuestras prácticas cotidianas se relacionan con el entorno. Desde la Clínica Ambiental, se apuesta por procesos de capacitación que conectan la vida cotidiana con el cuidado del entorno, como la construcción de baños secos, entendidos no solo como una solución técnica, sino como una herramienta pedagógica y política.

La permacultura apareció como una de las herramientas centrales para la reconstrucción social que impulsa la Clínica Ambiental. Recuperar la chakra es un punto de partida clave, no solo como espacio de cultivo, sino como lugar donde el conocimiento del territorio se transmite al conjunto de la familia y sostiene una forma cotidiana de aprender a vivir con el entorno. Una dificultad fue asociar el uso de los agrotóxicos con la degradación del suelo, que no era evidente para las comunidades; por lo que se desarrolló procesos de formación, utilizando, por ejemplo, el microscopio para mostrar toda la vida que existe en el suelo, y cómo se afecta con los químicos.

Otra práctica es el intercambio de semillas para la recuperación de conocimientos y de reconstrucción de vínculos comunitarios. El intercambio no se limita a entregar una semilla, sino a compartir todo lo que la rodea: “si la compañera tiene una semilla que yo no conozco, no solo me la comparte, sino que me dice para qué sirve, cómo se siembra y cómo se prepara la comida”. Además, aunque la población conoce bien los árboles de su entorno —especialmente los frutales y maderables—, el trabajo con semillas ha revelado un desconocimiento sobre su origen, manejo y conservación. Este reconocimiento ha generado sorpresa y ha permitido revalorizar conocimiento invisibilizados.

Los bosques comestibles es también parte del aprendizaje donde se aprende a observar las copas de los árboles y a diseñar los espacios de cultivo de manera que las distintas especies puedan convivir de forma saludable y equilibrada. Esta práctica promueve la conservación de una diversidad de especies, formas, tamaños y usos, tomando como referencia la lógica del bosque.

La permacultura está estrechamente vinculada al trabajo con el agua, su protección, uso y filtración, mediante sistemas simples y locales, basados en piedra, arena y carbón.

Todos lo descrito se aprende a través de cursos de formación básica de permacultura, pero que la Clínica ha ido ampliando el proceso de aprendizaje a otros ámbitos de su vida cotidiana, como la bioconstrucción, orientada a quienes buscan construir sus viviendas utilizando materiales disponibles en el lugar.

Así, las fincas se transforman en espacios de aprendizaje, experimentación y recuperación de la calidad de vida de las comunidades. Con el tiempo, estas experiencias se han ido articulando en lo que la Clínica Ambiental denomina la “ruta de la esperanza”, una red de fincas ubicadas en distintas zonas de Orellana, Napo y Sucumbíos. “Son lugares donde la gente aplica lo aprendido y se convierten en ejemplo para que otras personas puedan ver y replicar”.

La ruta se organiza como un recorrido que se puede realizar de finca en finca. Quienes lo realizan reciben un pasaporte que se sella en cada visita, como una forma de reconocer el aprendizaje adquirido. Si se hace toda la ruta, es como haber hecho un curso de permacultura, reforzando la idea de que el conocimiento se construye caminando el territorio y compartiendo experiencias

La Clínica Ambiental mantiene un acompañamiento continuo a quienes han participado en los cursos de permacultura; reconociendo y validando las prácticas de permacultura, mediante un sistema de certificación comunitaria que asigna distintos colores según el nivel de avance en la autonomía productiva y en la recuperación del entorno. Funciona como un sistema participativo de garantías, basado en la confianza y el reconocimiento colectivo.

Los procesos formativos de la Clínica Ambiental se activan a partir de solicitudes presentadas por asociaciones o comunidades organizadas. Antes de iniciar cualquier curso, se convoca a un espacio de socialización previo, para que las personas comprendan el alcance del proceso. Es un ejercicio de responsabilidad compartida que marca el carácter político de la propuesta, donde las comunidades son las protagonistas del proceso y simples beneficiarias pasivas de un programa.

La idea es trabajar a partir de la familia hacia la comunidad general, como una propuesta para generar un cambio estructural, dentro de tanta problemática socioambiental, subrayando la importancia de procesos que se construyen de manera progresiva y desde lo cotidiano. Esta construcción desde abajo, contrasta radicalmente con lo que usualmente sucede en muchos territorios amazónicos. En el Coca, por ejemplo, instituciones públicas entregan kits agropecuarios sin que exista una demanda previa por parte de la población. Estas prácticas reproducen la imagen de una población ignorante o incapaz de decidir sobre su territorio.

Las experiencias impulsadas por la Clínica Ambiental no se restringen a un solo ámbito, sino que se despliegan en múltiples dimensiones de la vida cotidiana. Las iniciativas de restauración, alimentación, cuidado del agua y del bosque se articulan con otras prácticas como el turismo comunitario, el uso de bicimáquinas que permiten generar energía para el funcionamiento de licuadoras, lavadoras o la elaboración de aceites esenciales.

El enfoque integral de la Clínica también acompaña procesos vinculados a la salud en distintas comunidades, apoyando prácticas comunitarias como la magnetoterapia, acompañamiento de enfermedades catastróficas.

Así, se trabaja con personas que han contraído cáncer debido principalmente al extractivismo petrolero por el que han luchado constantemente desde el tiempo del boom petrolero. Ese no es un problema individual sino un síntoma de un territorio contaminado porque “nuestros suelos y nuestra agua están contaminados”.

El incremento de casos en mujeres, con cerca del 70% de los casos registrados, y el impacto devastador en niñas y niños con leucemias y otras patologías asociadas a la exposición sostenida a químicos, agrotóxicos y contaminantes que circulan en el ambiente.

Muchas familias viven el diagnóstico como carga privada e inconfesable. “A cada familia le daba terror avisarle al vecino que tenía cáncer”. El cáncer se vivía en soledad, en tristeza, con un aislamiento total y abrumador. No solo por el sufrimiento físico sino por la violencia simbólica que rodea a la enfermedad con vergüenza, estigma, culpa. Algunas personas incluso lo interpretaban como un castigo, profundizando la sensación de abandono.

Frente a esa realidad, la Clínica Ambiental comenzó a sostener un trabajo de acompañamiento comunitario a paciente oncológicos, articulando redes y alianzas, y han acompañado a casi 900 pacientes entre Sucumbíos y Orellana.

El discurso institucional invisibiliza el número de pacientes, “culpan a las mujeres” de sus dolencias por ser promiscuas, desplazando la atención del daño estructural, y que muestra el nivel de violencia con la que operan. Esa violencia se repite en la precariedad emocional del sistema médico frente al diagnóstico: “Porque tampoco los médicos están preparados. Llegan y te dicen ‘tienes cáncer’ y ya. Y no les importa”. El shock del diagnóstico se vuelve devastador cuando no existe contención, orientación ni red.

La Clínica decidió levantar evidencias con visitas casa por casa, realizando informes y registros y sostener un acompañamiento cotidiano y comunitario donde la clave no es solo el tratamiento, sino el tejido de cuidado. Muchas mujeres después del diagnóstico se escondían en sus cuartos, no querían salir ni hablar. El primer caso fue romper el encierro y recuperar la conversación, la dignidad, la certeza de que son importantes para la sociedad y para ellas mismas. El trabajo con los hombres también fue complicado porque se desmoronan cuando le toca volverse dependientes sus parejas o familias “tienen el ego muy elevado”.

El acompañamiento de la Clínica Ambiental, no es un reemplazo de la medicina, sino como un sostén que permite transitarla sin quedar solos. Por eso, aunque se trabaja con medicinas tradicionales, no se deja la quimioterapia, porque puede ser un error fatal. Sin embargo, aunque hubiera medicamentos que pueden ser efectivos, sus costos son tan altos que se vuelven inaccesibles.

De ahí que la pregunta no sea únicamente cómo enfrentar la enfermedad, sino cómo enfrentar el abandono. El cáncer no tendría por qué vivirse como secreto, vergüenza o encierro, sino como una responsabilidad compartida, organizada y cotidiana. “Hay que acompañar en vez de abandonar”, situando el cuidado como una práctica colectiva, porque esta crisis no se resuelve desde el individuo, sino desde el tejido.

En conjunto, estas acciones demuestran que es posible sostener la vida desde el territorio, articulando saberes, técnicas y relaciones que disputan, en la práctica, los modelos extractivos y asistencialistas que han marcado históricamente la región.

Uno de los ejes centrales de la Clínica Ambiental es el cuestionar la idea de que las soluciones para las comunidades deben venir desde las instituciones públicas. “Si nosotros aprendemos y vemos que tenemos resultados, nuestras experiencias pueden servir para que las instituciones públicas inviertan en alternativas similares. De este modo, la Clínica busca fortalecer a las comunidades para que estas logren interpelar al estado y exigir que invierta en alternativas construidas desde los territorios, y así disputar la forma en la que concebimos la intervención del Estado.

Desde la Clínica Ambiental, se busca demostrar, a través de experiencias concretas, que es posible construir otras formas de relación con el entorno, con el conocimiento y con las instituciones. 

 

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